El carácter propio de Notre Dame de Sion se forjó en gran medida en dos épocas: primero, durante los primeros años de fundación, crecimiento y expansión internacional, de mediados a finales del siglo XIX; y después, tras la Segunda Guerra Mundial, cuando renovamos nuestra identidad.
En ambos casos, el contexto social y geopolítico y la teología imperante de la época influyeron en nuestro desarrollo.
Mujeres fuertes y bondadosas también desempeñaron su papel: mujeres empoderadas por un agudo sentido de lo que significa escuchar al mundo, reflexionar y responder activamente al cambio, sin perder de vista sus orígenes.
Nuestro fundador, Théodore Ratisbonne, nace en 1802 en Estrasburgo (Francia) en el seno de una familia judía. Una profunda búsqueda personal le lleva al cristianismo. Al principio de su madurez, estudia la Biblia bajo la dirección de Louise Humann, una mujer sabia y culta. Estos estudios le hacen ver el hilo que une el Nuevo Testamento con las Escrituras hebreas y así llega a creer que Jesús es la personificación de Dios, que es amor. Théodore es bautizado por Louise y tres años más tarde se hace sacerdote.
Durante su ministerio como sacerdote en la década de 1840, es testigo de la difícil situación de muchos niños judíos en París. La población de la ciudad había crecido tanto que muchos emigrantes judíos no lograban encontrar trabajo ni mantener a sus hijos. Esta situación preocupa profundamente a Théodore, que pide a Dios que le guíe.
Cuando la Virgen María se aparece de manera inesperada y milagrosa a su hermano menor, Alphonse, el 20 de enero de 1842, Théodore lo interpreta como una señal que le pide que se dedique a Dios más expresamente ayudando a los huérfanos y los niños pobres.
Poco después llega una segunda señal. Théodore recibe una carta sobre una mujer judía que acaba de emigrar de Hungría con sus dos hijas pequeñas. La mujer se está muriendo y pide a Théodore que cuide de sus hijas y las eduque en el catolicismo; Théodore acepta. La noticia empieza a circular y llegan peticiones de otras familias.
Théodore se organiza para cuidar de los niños en París. En aquella época, es relativamente nuevo en la vida religiosa y fundar una congregación no entra en sus planes. Son las mujeres que le ayudan a educar a los niños las que le animan a hacerlo. Dos de ellas serán nuestras primeras Superioras Generales, al frente de la Congregación durante veinticinco años.
Una de las misiones de Théodore es servir a Dios ayudando a los desfavorecidos de todo el mundo a tener una vida digna. Para él, la educación es la clave.
En 1884, año de la muerte de Théodore y Alphonse, la Congregación contaba con 680 hermanas y novicias. La mayoría de las hermanas enseñaban en las 29 escuelas que los hermanos Ratisbonne habían abierto en países musulmanes, ortodoxos y cristianos de Europa, Asia occidental, norte de África y América Central.
De acuerdo con la teología de su época, Théodore cree que una de las formas de expresar el amor al pueblo judío es rezar para que abracen el cristianismo. No obstante, respeta profundamente la conciencia individual y es consciente de que toda llamada religiosa debe surgir del interior de la persona, como la suya propia. Prohíbe cualquier forma de proselitismo y enseña a respetar todas las creencias. Siempre aconseja a las hermanas: “Deben tener un corazón más grande que el mundo”.
Más tarde, tras el genocidio perpetrado por los nazis en el Holocausto de la Segunda Guerra Mundial, las hermanas empiezan a cuestionarse el sentido moral de rezar por la conversión de personas que han sido exterminadas por su propia identidad y fe. En Europa, muchas hermanas han salvado a judíos de ser capturados; pero se dan cuenta de que su conocimiento del judaísmo se basa, en general, en la teoría y no en la experiencia. Llegan a la conclusión de que la mejor manera de amar a los judíos es salir a su encuentro en su propia condición y trabajar por la reconciliación y el compromiso entre cristianos y judíos, en el respeto mutuo.
Equipadas con estos conocimientos, durante el Concilio Vaticano II, en la década de 1960, las hermanas de Nuestra Señora de Sion trabajan entre bastidores en la redacción y entrega de la innovadora declaración de la Iglesia Nostra Aetate, que desvela una actitud ampliada de diálogo y respeto hacia el judaísmo y otras religiones no cristianas.
La formalización de estas directrices revisadas de la Iglesia, a su vez, para las hermanas abre las puertas a nuevas formas de compromiso con la Iglesia, el pueblo judío y un mundo de justicia, paz y amor. Intensificamos nuestro estudio de las Escrituras, la teología, la historia de la Iglesia y el hebreo. Abrimos centros en muchas partes del mundo, donde judíos y cristianos podamos reunirnos y aprender más unos de otros y de nuestros respectivos caminos hacia Dios.
Este diálogo, además de enriquecer nuestra propia interpretación de las Escrituras y aumentar la confianza y la amistad con el pueblo judío, nos ayuda a comprender mejor la esencia de la vocación de Sion: que todo ser humano merece respeto y dignidad, independientemente de sus orígenes o creencias.
Hoy, cada uno de nosotros lleva impreso en el corazón la apertura al diálogo y al cambio. Queremos conocer y comprender a quienes nos rodean. Y tratamos de evolucionar con el mundo, permaneciendo fieles a la visión original de amor de nuestra Congregación.
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